Israelíes de termo y mate

07/May/2018

El País- por Déborah Friedmann y Renzo Rossello

Israelíes de termo y mate

Para Harold fue idealismo puro. Había
nacido en Uruguay y nada lo obligaba a dejar el país, aunque se vivían épocas oscuras.
Corría 1978, los ecos de la guerra aún sacudían la tierra todavía yerma. Había
mucho por hacer, Israel era todavía un país en construcción. «Uruguay me
dio una formación absolutamente increíble y, lo más importante, Uruguay abrió
las puertas a mis padres y abuelos que habían sobrevivido al Holocausto en
Polonia y querían empezar una vida nueva», cuenta Harold Wiener.
Janet eligió vivir en un kibutz, una de las
experiencias más radicales y cercanas a la utopía del socialismo. «Lo
mejor es la vida en una comunidad en la cual los valores de asistencia y mutua
solidaridad prevalecen», dice Janet Cwaigenbaum.
Para Daniel, en cambio, fue una mezcla de
idealismo y ganas de ampliar conocimientos. Quería ser arqueólogo y la
posibilidad de ir a la tierra que fue la cuna de varias civilizaciones
representaba el súmmum.
Cuando se le pregunta por qué eligió vivir
en Israel no duda: «Me dio la oportunidad de formar una familia en un país
pujante y darle la educación a nuestros hijos según los valores que siempre
deseé», dice Daniel Varga.
En cambio, para Ana es un país lleno de
contradicciones. Por un lado el omnipresente estado de conflicto que se mete en
la vida cotidiana. «Por ejemplo, jamás me voy a sentar en un café de
espaldas a la puerta, siempre necesito ver quién entra. Es un resabio de la
época de continuos atentados suicidas en cafés, restaurantes, en todos
lados», cuenta Ana Jerozolimski, periodista uruguaya y editora del
Semanario Hebreo.
Para quienes fueron a vivir en estos años
tampoco fue sencillo. «La llegada a Israel fue muy difícil», asegura
Nicolás, que tiene 17 años. Sin embargo, al poco tiempo de su arribo tanto él
como sus hermanos ya estaban completamente adaptados en ese país «lleno de
oportunidades».
Cada uno tiene su propia vivencia de este
país cambiante. Los más veteranos recuerdan cuando buena parte del territorio
era poco más que un campamento. Un campamento y un puñado de sobrevivientes del
peor pasaje de la historia moderna. Cuando se fundó la nación eran poco más de
600.000 personas, 70 años después Israel tiene casi ocho millones de
habitantes.
En una superficie apenas un poco más grande
que Tacuarembó residen unos 15.000 uruguayos, según estimaciones de la Embajada
de Uruguay en Tel Aviv. Muchos de ellos, la gran mayoría, provienen de la
comunidad judía que tiene en el país unos 18.000 integrantes. A todos los animó
la idea de poner su propio grano de arena —nunca tan apropiado para un lugar en
el que abunda el desierto— en la construcción de un país que hoy es visto como
una pequeña potencia.
Para los judíos nacidos en otros países la
emigración a Israel está cargada de hondos significados espirituales, políticos
e históricos. Desde el punto de vista de los judíos emigrar a Israel es hacer
«aliá», que viene del término hebreo «Laalot le Tzión», es
decir, subir a Sión, «volver a casa».
Según la información manejada por la
Embajada de Uruguay en Israel la migración comenzó desde la fundación misma del
Estado, en 1948. El flujo se mantuvo en forma regular por años, pero los picos
tuvieron lugar durante las grandes crisis institucionales o financieras del
país, como la dictadura en 1973, la crisis económica de 1982 y la de 2002. De
ese modo se fue formando la colonia que hoy se estima alcanza a los 15.000
nacidos en Uruguay que migraron a Israel. Muchos judíos uruguayos no solo
terminaron insertándose en la sociedad sino que ocuparon lugares destacados en
distintos ámbitos. Tal es el caso del economista Michel Strawczynsky, quien fue
vicepresidente del Banco Central de Israel y actualmente dirige el Departamento
de Investigación de esa institución, por citar un caso.
En comunidad.
Hace 21 años Janet Cwaigenbaum (52 años)
junto a Leo, su marido, decidieron «probar» la vida en Israel. Leo
vivía en el kibutz Nir Yitzhak. «Probé, tuvimos nuestra primera hija,
Ariana, vivir en comunidad me gustó. Decidimos quedarnos. Tuvimos nuestro
segundo hijo (Guilad). Llevo ya 21 años probando y eligiendo quedarme, esta es
mi casa, nuestra casa», dice.
Janet habla desde su experiencia en el
kibutz, donde es directora de Recursos Humanos y Control de Calidad de la
empresa agrícola que allí funciona. «Lo mejor es la vida en una comunidad
en la cual los valores de asistencia y mutua solidaridad prevalecen. La
educación de nuestros hijos; creo que no hay mejor lugar para criar niños que
un kibutz: muchas actividades al aire libre, educación solidaria, educación al
trabajo. Hay celebración colectiva de festividades, es formar parte de una gran
familia de 500 personas más allá de tu pequeño grupo de amigos», explica
Janet.
Y cuando se le pregunta lo peor de vivir
allí no duda: la falta de paz con sus vecinos. Cuando ella llegó en 1997 era
una zona agrícola muy tranquila. Nunca imaginaba lo que iba a cambiar. La vida
diaria es «tranquila y agradable», pero la amenaza de misiles, los
túneles que han excavado en la zona y las tres guerras que vivió hace que esté
«alerta a las alarmas».
«En mi kibutz han caído siete misiles,
por suerte sin consecuencias graves y otros tantos en los campos de cultivo. El
Ministerio de Seguridad ha construido cuartos de seguridad en nuestras casas,
fortificado jardines de infantes, escuelas, e incluso el secundario de la zona
ha sido construido completamente contra misiles. Pero el camino a la escuela o
el trabajo, en tiempos de tensión, va acompañado por la sombra de riesgo»,
resume.
A unos pocos kilómetros del kibutz —en
Israel todas las distancias son cortas— la vida de Ana Jerozolimski (57) es
completamente distinta. Casada y madre de tres hijos, se fue a vivir a
Jerusalén hace 38 años. Viaja periódicamente a Montevideo donde edita Semanario
Hebreo. Al igual que muchos de sus compatriotas es una sionista convencida,
aunque nunca quiso disminuir sus lazos con Uruguay.
«Lo mejor es la solidaridad, la
sensación de familia, el dinamismo, el empuje hacia adelante y apuesta por la
vida que hay siempre, aún en medio de la adversidad. Lo peor es el hecho de que
aún no se ha logrado la paz, que todavía hay tensión y conflicto», dice
Ana.
En un país lleno de contrastes, la
periodista lo resume en pocas frases sobre lo que es el día a día en Jerusalén.
«Por ejemplo, jamás me voy a sentar en un café de espaldas a la puerta.
Siempre necesito ver quién entra, es un resabio de la época de continuos
atentados suicidas en cafés, restaurantes, en todos lados. Voy atenta en la
calle que no se desvíe súbitamente un coche para embestir. Voy consciente de
que en un instante puede pasar algo», dice Ana.
Y, al mismo tiempo, las reglas de lo
cotidiano se imponen y, lejos de los titulares informativos, el clima es bien
distinto. «Judíos y árabes comparten, por cierto, el mismo espacio público
y los atentados son la excepción, no la regla. Yo puedo estar tranquilamente
sentada en un mismo café que una familia árabe y esperando el turno al médico
al lado de musulmanes», ilustra.
Oportunidades.
Laura Kantor (43) y Michel Hakas (49)
partieron a Israel el 28 de julio de 2015 junto a sus tres hijos, Rafael (19,
ahora en el Ejército), Nicolás (17) y Tali (15). No emigraron por una sola
razón, sino por varias. Entre ellas, dice Laura, en la búsqueda de un futuro
mejor para los chicos.
«La llegada a Israel fue muy difícil.
De estar rodeado por amigos y familiares todos los días, pasé a estar a miles
de kilómetros de ellos, solo con mis padres y hermanos», cuenta Nico,
palabras con las que coincide Tali.
Pero también para ambos, la integración fue
fácil y se dio a través del deporte. «Al mes de llegar, empecé con
prácticas de voleyball, yo ya jugaba en Uruguay, y resultó tan bien que ahora
estoy en la selección de Voleyball de Israel. Sin duda alguna esto me ayudó
muchísimo a abrirme a gente nueva», dice Tali.
Algo similar le sucedió a Nico: a las dos
semanas de llegar empezó a practicar básquetbol en el Hapoel Kfar Saba, deporte
que en Uruguay jugaba en Defensor Sporting Club. «En los entrenamientos
logré hacerme amigos a través del juego, no fue necesario el hebreo»,
recuerda.
Nico dice que lo mejor de vivir en Israel
son dos aspectos: la seguridad —andar libre por la calle sin temor a que
alguien lo asalte y lo lastime— y las oportunidades que hay. Tali también
apunta a lo que se viene: «Lo mejor de vivir acá en Israel es que mi
futuro lo decido yo y todas las puertas están abiertas, no hay barreras. Es un
país lleno de oportunidades».
Para ella lo peor de vivir allí «no
son las guerras, como muchos piensan». Le cuesta todavía estar lejos de
sus amigas y la familia. Nico lo vive bastante parecido: aunque la tecnología
ayuda, el «hueco en el corazón» no se puede llenar.
Lo que sí tienen claro es que Israel es
tierra de oportunidades: «Soy el dueño de mí futuro y puedo lograr lo que
me proponga», dice Nico.
También en busca de una oportunidad única
fue el arqueólogo Daniel Varga (50), un uruguayo que migró a Israel en 1990 con
la idea de profundizar sus estudios.
Varga es también un sionista convencido y
para él la idea de establecerse en este país supuso «la oportunidad de
formar una familia en un país pujante y darle la educación a nuestros hijos
según los valores que siempre deseé. Además de tener la posibilidad de ejercer
en lo que es mi vocación: la arqueología».
Para un arqueólogo la oportunidad de
excavar en una historia de más de cinco mil años y siempre encontrar nuevas
formas de entender un pasado común tiene un valor inconmensurable.
Algo similar ocurre para un médico. Es el
caso del doctor Pablo Boksenbojm que trabaja en Ashkelon, uno de los pueblos
que más ha sufrido el impacto del conflicto en la vida cotidiana. Llegó al país
en 1984 y define así su elección: «Ser parte de mi pueblo sin que te
señalen por ser judío, la forma totalmente abierta que tiene la
población», dice.
Boksenbojm asegura que su inserción en el
país le permitió también el desarrollo profesional. «En lo personal el
gran avance de la medicina me ha permitido progresar profesionalmente»,
dice.
«Lo peor es que se vive demasiado
rápido dejando poco tiempo para disfrutar lentamente de los logros personales y
familiares y el hecho de estar amenazado eternamente por nuestros
vecinos», apunta el médico.
Ir a la guerra.
Sin embargo, para todos quienes han
decidido hacer de Israel su hogar hay un momento en que sus convicciones son
puestas a prueba. Y es el del servicio militar obligatorio, que para un país en
permanente estado de conflicto es bastante más que un compromiso simbólico.
Sobre esto reflexionó Harold Wiener (58),
un ingeniero químico que trabaja en proyectos de alta tecnología. «No me
gusta nada que así como yo y mis tres hijos hemos tenido que ir al ejército por
tres años, que son los mejores de la vida, veo que mis nietos también lo harán
y eso me pone muy triste. Sé que hay que ser muy paciente, pero la frustración
de no poder llegar a un arreglo que está predeterminado y claro, es muy
grande», dice Harold, a quien le tocó servir en la guerra del Líbano
(1982).
Israel ha pasado por varios conflictos
bélicos de magnitud, el primero tuvo lugar al otro día de la fundación del
Estado cuando siete naciones árabes le declararon la guerra al mismo tiempo.
Poco después, en 1967 tuvo lugar otro conflicto similar conocido como la Guerra
de los Seis Días. En 1973 la misma cantidad de países reavivó la guerra y
eligió para sus ataques el Día del Perdón. Fuera de estos enfrentamientos a gran
escala, grupos palestinos como Hamas han realizado infinidad de atentados y los
disparos de misiles desde la Franja de Gaza han sido ininterrumpidos desde hace
más de una década. Todo ello ha colocado al país en un estado de guerra
permanente.
La impaciencia suele ganar a muchos
israelíes cuando ven que las negociaciones se enfrían o directamente dejan de
existir. «La solución está en la mesa y es una sola, y sin embargo los
políticos no son capaces de llegar a ella por miedo que la historia los juzgue
de débiles, cuando la verdad es exactamente opuesta», se queja Harold.
No obstante, Wiener está convencido de los
claros imperativos morales de las fuerzas armadas israelíes. «Cuando uno
ve lo que pasa en Siria con las armas químicas, y lo que pasa en Irán y en
muchas partes del mundo, es fácil entender lo que es un ejército moral, uno de
mis mayores orgullos de ser israelí», proclama.
La imperiosa necesidad de paz tiene
asideros bien concretos. No hay padre o madre que no crea esto cuando llega el
momento de mandar a sus hijos a cumplir el servicio militar.
«Sabía que el momento iba a llegar,
que mis hijos iban a tener que hacer el ejército…, no es fácil», dice
Janet Cwaigenbaum. «Mi hija terminó el bachillerato y decidió hacer un año
de voluntariado en un internado de adolescentes antes de enrolarse. Eso le dio
la oportunidad de conocer el abanico social del país, creció mucho y la preparó
para el encuentro con jóvenes de todos los niveles sociales y de todo el país.
Hoy es instructora de tanques, aún tiene para un año y cuatro meses. Está en un
cargo considerado como muy bueno en el ejército, es mujer. Digamos que estamos
tranquilos», agrega esta madre.
El hijo menor de Janet se prepara para
seguir el mismo camino. «Ya tuvo su primer entrevista en el ejército,
veremos qué le toca. El miedo es siempre que vaya a unidades de más
riesgo», reconoce.
«Ojalá algún día se convierta en una
etapa de crecimiento y desarrollo personal y no en un servicio esencial para
defender el país. El ejército son los hijos, padres y hermanos de todos»,
dice Janet.
Un sueño que comparte la amplia mayoría de
los israelíes que, más allá de las posiciones gubernamentales, anhelan el fin
del conflicto con los palestinos.
De todos modos, la vida sigue su curso. En
un territorio veintidós veces más pequeño que Uruguay es un país de contrastes,
con ciudades de cuño totalmente europeo como Tel Aviv, o cargadas de historia
como Jerusalén. Pero Israel también es un país de pequeños poblados y villas,
de importantes extensiones de desierto como el Negev. Y de kibutz, las granjas
colectivas que se construyeron en base al modelo socialista que inspiró a los
fundadores del Estado de Israel. Para muchos uruguayos sigue abierta la
posibilidad de «subir el Monte Sión», un sueño de cinco milenios.
Hace 40 años Lea Burg (88) tomaba con su
marido, Ruben Friedmann, la decisión de irse a vivir a Israel. El motivo fue
uno: la situación económica no estaba bien, recuerda hoy desde Natania.
«No vine por turismo», recalca. Junto a ella partió su hijo menor,
Arturo. Emma, su hija, ya había tomado también la decisión de «hacer
Aliá», como le llaman los judíos al irse a vivir a Israel. Desde el
principio la experiencia fue buena. Lea consiguió enseguida trabajo como
profesora de gimnasia y dando clases de piano. «En Uruguay no trabajaba
porque de eso no se ganaba nada y acá sí, y encima el trabajo era divino»,
cuenta.
Lo mejor de vivir en Israel es, para ella,
una pregunta difícil de contestar: «A mí me gusta todo», dice. Y
resume ese concepto en algo que siente desde que llegó: «Estás en tu casa,
es muy importante para mí». En su vida diaria dice no haber sentido
sensación de inseguridad y si tiene que elegir un punto negativo refiere a la
actualidad: la política del gobierno de Netanyahu.
Un no judío que enseguida se sintió como
«pez en el agua»
Hace exactamente 20 años que Juan Lucas
Pezzino Barrán llegó Israel. «Aún cuesta creer. Pensar que mi hija mayor
Rafaela tenía 8, la del medio, Ornella 6 y Samantha 4 es difícil de entender.
Sin embargo como dice el tango, 20 años no es nada y yo diría que son todo.
Toda una vida», dice ahora.
Como él mismo señala, su caso no es el más
habitual entre los de la comunidad uruguaya en Israel. Llegaron porque su
esposa es israelí y si bien Juan ya había estado en el país la experiencia como
inmigrante es muy diferente. No hablaba hebreo ni conocía a nadie, pero le
hacía ilusión empezar una nueva vida. «Tuve suerte. Me aceptaron inmediata
e incondicionalmente. Conseguí un trabajo exactamente en lo mismo que hacía yo
en Uruguay en el campo de marketing. Cuando quise acordar estaba como pez en el
agua», cuenta.
Contra lo que muchas veces se piensa, Juan
destaca que en «Israel se vive en clima de tranquilidad que no existe en
Uruguay». «Suena muy contradictorio sabiendo a que a pocos
quilómetros de mi casa, la situación puede ser bastante diferente. Pero la
libertad y la tranquilidad con que circulas y vives en Israel es única y eso lo
aprecio», dice. También destaca sentirse entre los suyos —latinos
fundamentalmente— y que sea un país que «va para adelante siempre».
De todos modos Juan tiene claro que no todo
es ideal. La convivencia de las diferentes culturas y mentalidades pueden
entrar a veces «en conflicto» y aflorar «comportamientos
bruscos». Para eso su táctica es descolocarlos con una sonrisa, una
costumbre muy latina. Respecto al conflicto, Juan dice: «Está pero no se
ve, no se siente, personalmente no lo he padecido». Aunque tiene claro
también que es un «polvorín y cualquier cosa puede pasar en cualquier
momento».
¿Cómo se produjo la emigración desde 1948?
La Ley de Retorno, promulgada en Israel en
1950, no solo consagra al nuevo Estado como patria y hogar de los judíos de la
diáspora sino que concede los derechos de ciudadanía a aquellas personas con
ascendencia judía en segunda e incluso tercera generación. Tienen los mismos
derechos de ciudadanía, el cónyuge en un matrimonio en el que intervenga una
persona de origen judío.
La fundación del Estado de Israel da lugar
a una tímida emigración inicial de 66 emigrantes para el trienio 1948 – 1951.
Previo al año 2002, la emigración mantuvo
cifras estables, aumentando en épocas asociadas a períodos de crisis
socio-económica en Uruguay (fines del 60 e inicios del 70, inicios del 80 con
la ruptura de la «Tablita»), y a épocas que se pueden asociar con una
mayor presencia de la ideología sionista en momentos de guerra o dificultades
para Israel: la guerra de los Seis Días en 1967 y la guerra de Iom Kippur en 1974.
En 2002 y 2003 hubo un pico de emigrantes: 972 entre ambos años.
Hay distintos marcos de absorción cuando se
llega a Israel. En 2002, por ejemplo, 12% eligió el kibutz, 5% ingresó como
estudiante, 20% al seno de una familia, 40% en un centro de absorción y 23% en
los llamados «proyectos urbanos».
La hinchada Celeste en Israel
«Es una colonia muy participativa en
las actividades relacionadas a Uruguay y muy vinculada al país desde todas sus
áreas de actividad», dice el embajador uruguayo Bernardo Greiver. Las
eliminatorias al Mundial, el estreno de películas uruguayas, las fechas patrias
son todas ocasiones que reúnen a miles de uruguayos residentes en Israel.
Greiver recuerda que uno de los últimos eventos que congregó a más personas fue
el concierto organizado para recaudar fondos para los damnificados por el
tornado de Dolores de 2016. En la localidad de Herzliya, cercana a Tel Aviv,
hay una pizzería uruguaya que suele ser el punto de reunión para ver partidos
de la Celeste. En prácticamente cada área de actividad, vinculada al
conocimiento, la industria, las artes, las ciencias hay uruguayos que se
destacan, dice con orgullo el representante diplomático.